En el bello municipio de Teo, a donde llegué una vez con mi papá haciendo el camino de Santiago, hay una Fraga de bosque en la parada de Francos, donde por primera vez, fui testigo de la magia de los colores, de la intensidad de un chaparrón y del alivio que viene después cuando deja de llover.
En aquel lugar de ritos ancestrales mi papá me habló de la redondez de la tierra que gira y gira y de los aromas de las hojas húmedas y de los frutos silvestres que suben a tu nariz como esencias encerradas en cajitas de madera que los gnomos del bosque dejan salir para perfumar sus casas. El olor a leña quemada salía de las chimeneas y serpenteaba en el aire trazando caminos de algodón que desaparecían de la vista cuando dejábamos atrás las pequeñas aldeas .
En la Fraga de Teo, todo es como si desde lejanos tiempos, la vida allí, fuera siempre la misma, nada hubiera cambiado y los árboles se alzaran generosos para dejar que los mayores y los niños se cobijaran bajo sus ramas y jugaran a la rueda , rueda, del pan y la canela. Las celebraciones del Magosto habían dejado las huellas de las castañas y de repente sentí que mis tripas hacían el ruido del vacío, y cogí algunas que había en el suelo. No es fácil pelar castañas así es que mi papá , que es muy bueno , me ayudó a hacerlo.
Y mientras seguíamos por los senderos y comíamos castañas, descubrí que el color blanco puede volverse azul y verde y amarillo y rojo y de todos los colores con el solo contacto del agua de la lluvia . Sí sí , como lo oís , el blanco se transforma en un arco iris.
Mi papá me había comprado un paraguas antes de empezar el camino porque la mujer del tiempo había anunciado en la TV que las lluvias de otoño nos acompañarían todo el fin de semana.
El paraguas, que era negro con gotitas blancas , bailaba al son de la música del agua que bajaba de lo alto de las nubes y se deslizaba como yo lo hago en el tobogán del patio del colegio.
Caminamos leguas y leguas y más leguas, pasando por bellas aldeas y hermosos prados que nos saludaban con la luz de la mañana , del mediodía y del atardecer y nos regalaban ramos de colores del otoño que colgaban de los árboles y de las viñas o de las enredaderas de los muros de las corredoiras.
Subimos montes, bajamos senderos, seguimos los bordes de los arroyos y de los ríos y nos hicimos amigos de los pequeños animales que salían de sus madrigueras o de las ramas de los arbustos corriendo o volando a toda velocidad para darnos la bienvenida.
Durante algún tiempo las nubes nos acompañaron y caminaron tan rápidas como las impulsaba el viento, hasta que cansadas de correr, se quedaron quietas encima de nosotros y dejaron caer las primeras gotas que nos obligó a abrir el paraguas que también hacía de bastón para caminar.
Cuando llegamos a la Fraga ,la lluvia se enfadó muchísimo y cayó desde lo alto del cielo como si fuera una catarata así es que nos refugiamos bajo el porche de una casita de aldea. Fue en ese momento cuando pude ver con mis propios ojos que las gotas blancas de mi paraguas se habían vuelto de todos los colores.
Milagro papá !!! Dije. Las gotas eran blancas y se han hecho de colores!!!!!!
Mi papá me contó que la magia del bosque cambia el color blanco cuando la lluvia y el sol se filtra entre las hojas de los árboles; " el arco iris que brilla en lo alto, gotea su tinte sobre los paraguas de los niños y les regala la música del agua de lluvia para que bailen a su ritmo y hagan así el camino más alegre de todos los caminos ".
Nunca había visto nada parecido y desde ahora voy a dibujar el arco iris en la ventana de mi habitación para ver si también la pared se vuelve de todos los colores como mi paraguas cuando se moja.